SALOA,
CUNA DEL PASEO VALLENATO
Por Lácides Martínez Ávila
Investigaciones recientes acerca de
los orígenes del paseo vallenato apuntan a considerar que este aire musical tuvo
sus verdaderas raíces en la población de Saloa, al centro del departamento del
Cesar.
En su excelente y muy documentada obra,
el historiador, compositor y abogado Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa incluye
entre los antecedentes del paseo un cantar de gaita llamado saloero, que reinó en proximidades de la
ciénaga de Zapatosa y que, como su nombre lo indica, nació en la población de
Saloa, situada a orillas del río Cesar y de la ciénaga que lleva su nombre, y
corregimiento actual de Chimichagua. Su fundación oficial en dicho lugar data
de 1748, a
cargo de José Fernando Mier y Guerra, de acuerdo con información tomada del libro
El país de Pocabuy, de Gnecco Rangel
Pava. Su comunicación con la cabecera municipal la establece por vía fluvial a
través del río Cesar; por carretera se comunica con los municipios de Curumaní
y Pailitas, y, por camino de herradura, con Zapatosa, corregimiento de
Tamalameque.
Se trata de un centro pesquero por excelencia
del departamento del Cesar, y son célebres, por lo demás, las esteras o petates
de palma que allí se tejen y que merecieran mención en una canción popular del
compositor chimichagüero Camilo Namén Rapalino.
De acuerdo con el estudio de Gutiérrez
Hinojosa, en la conformación del paseo vallenato entraron, además del saloero,
aires como el pilón, el amor-amor, el chicote, la tambora y el pajarito, distribuidos
en las tres grandes zonas vallenatas: la ribana, la negroide y la ribereña.
Pero sabemos, con base en fuentes orales dignas de crédito, que todos estos
aires no eran más que meras variaciones nominales del saloero, el cual derivaría,
en primera instancia, hacia el pajarito y, por último, hacia la tambora. Todos
los demás aires mencionados —el pilón, el amor amor y el chicote— vendrían a
ser equivalencias de la tambora o, lo que es lo mismo, tamboras con otro nombre.
En el mismo texto de Tomás Darío
Gutiérrez se deja entrever lo que acabamos de afirmar, cuando escribe: “Aclaremos
de paso que cuando se habla del amor-amor, el pilón o cantos de gaita y tambora,
no se trata de composiciones en especial, sino de las diferentes especies cantoriles
del Valle de Upar en épocas anteriores al acordeón; eran, en realidad, temas
con sus melodías y su compás permanentes, sobre los cuales los cantadores de
siempre, acompañados o no de la respectiva organología, improvisaban sus coplas
captando en ellas todos los sucesos de la región”.
Más adelante dice: “Precisamente
la existencia de una u otra de estas especies de cantares: amor-amor, pilón,
tambora, paloma, sones, saloeros, chicote, etc., en cada una de las zonas o
subregiones culturales del Valle de Upar, fue el germen de las posteriores
escuelas del canto vallenato. Se puede demostrar esquemáticamente: las zonas
Central y Ribana tuvieron el pilón, el amor-amor y el chicote; la zona Negroide
tuvo los cantos de tambora, y la zona Ribereña los de pajarito y los olvidados
cantares de gaita llamados saloeros, que reinaron en los alrededores de la
ciénaga de Zapatosa. Obsérvese, por ejemplo, que los primeros paseos conocidos
en la zona Negroide fueron cantos de tambora, tan antiguos como anónimos,
llamados genéricamente la perra, la candela viva, etc.”.
Y
concluye diciendo:
“Pajarito, tambora, amor-amor, pilón,
etc. no eran más que esquemas musicales a los que se sometía el mismo canto de
siempre, libre, tradicional y terrígeno”.
Según averiguaciones basadas en la
tradición oral, el saloero se entonaba originalmente con flauta de carrizo. Más
tarde, al evolucionar a pajarito, su interpretación se hacía con gaita costera,
y, finalmente, al convertirse en tambora, el instrumento de percusión que lleva
este nombre entró a desplazar gradualmente a la gaita hasta reemplazarla totalmente,
de tal suerte que el único acompañamiento de la tambora en su fase adulta es el
instrumento homónimo y las palmas del público.
Cabe precisar que este tránsito del saloero
a la tambora habría tenido lugar en su mismo escenario de origen: San Vicente Ferrer
de Cascajal, que así se denominaba el sitio donde vivían antes de 1748 los
habitantes de Saloa y que se hallaba ubicado en jurisdicción de Tamalameque,
según consta en el siguiente texto reproducido por Rangel Pava:
“En el gobierno
del Exmo. Señor Sebastián de Eslava, Virrey que fuera de este reino, se hallaba
este sitio de San Vicente situado, con corto número de vecinos, en la sabana
del Empalagado, jurisdicción do la ciudad de Tamalameque, en suma desdicha por
no tener comercio alguno, motivo por el que el señor Maestre de Campo don José
Fernando de Mier y Guerra, de la
Orden de Caballería de Santiago, vecino de la villa de
Mompós, por cuya cuenta corren las nuevas fundaciones y adelantamientos, de sus
agregaciones en esta provincia de Santa Marta, los hizo trasladar a las orillas
del río Cesar en el mismo puerto de Saloa, en cuatro leguas más abajo del de
Cascajal, haciendo medio entre Chiriguaná y el río Grande de la Magdalena , donde logran
sus moradores la navegación y por el otro del Cesar para El Paso del Adelantado
y para Chiriguaná, y por donde también se trafica para Mompós y para las
ciudades del Valle de Upar y Pueblo Nuevo de Jesús, logrando en este río abundante
pesca, los mejores playones para la cría y engorde de ganados mayores, y de
sabanas abiertas hasta Tamalameque, y para arriba hasta las faldas de la serranía
del lado de Maracaibo, sus montañas fertilísimas para labrar y mantener flores
en todo el año”.
Al ser trasladado al sitio que hoy
ocupa, el pueblo pasó a llamarse oficialmente San Vicente Ferrer de la Nueva Saloa , y
actualmente se le conoce simplemente con el nombre de Saloa. Pero obsérvese que
fue en jurisdicción de Tamalameque donde este pueblo tenía originariamente su
asiento. Es por esta razón que en la actualidad se considera a Tamalameque como
la cuna de la tambora, y es allí donde cada año se celebra el festival de este
aire folclórico. Sin embargo, hace aproximadamente veinte años, cuando todavía
no se había fundado el Festival de la Tambora en Tamalameque, surgió la idea de
declarar a Saloa capital mundial de la tambora y de organizar allí el
correspondiente Primer Festival. Así se determinó por parte de las autoridades
saloeras y hasta se anunció por la radio, pero impedimentos más que todo de orden
económico hicieron imposible la cristalización de esta idea.
Hubo en Saloa, y aún quedan, excelentes
cantadoras y bailadoras de tambora, entre cuyos nombres se pueden mencionar los
de Lina Guerra, Buena Féster, Natividad Rojas, Sofía Gómez, Mercedes Zuleta,
Marina Palomino, Andrea Juliana y otros más. Entre los tocadores de tambora que
hubo en el pasado, se destacan: Elías Palomino, Francisco Camacho, Romualdo
Misat, Vicente Sabino Guerra, Nemesio Rojas, Hilarión Palomino, Manuel Esteban
Rangel y Sinforoso Vides, entre otros. Actualmente merece exaltarse la labor de
Efraín Martínez, “Pumarejo”, hábil tocador de tambora de las nuevas
generaciones.
El surgimiento del paseo a partir de
la tambora tiene lugar cuando se incorpora en la ejecución de ésta el acordeón.
Se piensa que esto ocurrió, por primera vez, en la zona Negroide, cuyo epicentro
es El Paso. Pero lo cierto es que en Saloa se interpretaba tambora con acordeón
en la primera década del siglo. Allí lo hacía, por ejemplo, de acuerdo con
testimonios orales, un acordeonero llamado Manuel Carrasquera, de quien se dice
que tocó el acordeón por la misma época que Francisco el Hombre y a quien, por
este hecho, se le ha llegado a considerar “El Francisco el Hombre del Sur”.
Posteriormente, florecieron en dicha
región otros acordeoneros como Atilano Gómez, Mamerto Beleño, Chico Castillejo
y los hermanos Luis y Ricardito Royero, lo mismo que compositores como Luis
Carlos Linares, Vicente Castillejo, Pepino Sangregorio, Inocencia “Chencha”
Rojas, Lázaro Martínez, Juan Pablo Carvajal y, más recientemente, Vigilio
Sangregorio, varias de cuyas canciones ya han sido grabadas.
Por otra parte, Tomás Darío Gutiérrez,
citando una versión grabada, escribe en su obra que “los primeros paseos que se
cantaron y se tocaron con acordeón fueron el pilón y el amor-amor”. Ello, de
ser cierto, no contradiría en modo alguno la tesis que hemos expuesto, pues ya
dijimos que tanto el pilón como el amor-amor y el chicote no eran más que formas
o variaciones de la tambora y que ésta, a su vez, provino del saloero, pasando
antes por el pajarito, aire de mera transición.
Induce lo anterior a concluir que
ciertamente fue Saloa la cuna del paseo vallenato.
Debe quedar claro, por lo demás, que
si bien el paseo, mediante el acordeón, surgió de la tambora, ello no significa
que la haya reemplazado, sino que es una derivación de ella. La tambora sigue
existiendo como tal. De ahí que algunos vallenatólogos la hayan propuesto como
el quinto aire vallenato, planteamiento que es del todo lógico y digno de tener
en cuenta.
Digamos entonces, en virtud de lo
expuesto: ¡loa a Saloa! por tan valioso aporte al folclor vallenato.

Excelente documentación que nos permite conocer las verdaderas raíces de nuestro querido y bello singular vallenato.
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