REMEMBRANZAS DE MI INFANCIA
Con perfecta nitidez,
en mi memoria lozana,
reproduzco la lejana
etapa de mi niñez.
Quisiera ser otra vez
un niño de siete años,
para salir por los caños
armado de una cauchera,
aunque después recibiera
de mis padres sus regaños.
Con los demás muchachitos,
salía yo por los potreros,
bien a tumbar avisperos,
bien a cazar pajaritos.
Tumbábamos caballitos
con ramas para jugar,
no nos causaba pesar
coger nidos de abuelitas,
y a las pobres pollinitas
las hacíamos rebuznar.
A anzuelear a Rabicano
nos íbamos en cuadrilla;
la alborozada pandilla
partía desde muy temprano.
Salíamos en el verano
–lo recuerdo en mi minerva--
a quemar la seca hierba
de baldíos y de cercados.
¡Esos tiempos ya pasados,
mi memoria los conserva!
Andábamos por las cejas,
entre bullas y jaranas,
y también por las sabanas
pobladas de peralejas.
De aquellas épocas lejas
hace ya muchos semestres...
Cuando en vestidos campestres
salíamos a cortar leña,
nos íbamos a La Peña
a coger piñas silvestres.
Fingiendo en casa otro fin,
marchábamos en montón
a nadar en El Rumbón
o a jugar bola en Guillín.
Reproduzco en mi magín
que, con toscos aparejos,
unidos íbamos lejos
a recolectar con ganas
pasitas en las sabanas
o mango en Los Planes Viejos.
Cienagueta se llamaba
aquel cuasi caserío.
Allí mi vida de crío
felizmente yo pasaba.
Mas, como todo se acaba,
se acabó mi vaga infancia
y se esfumó en la distancia
del tiempo, que nunca es lerdo,
quedando sólo el recuerdo
de aquella infantil vagancia.
Lácides Martínez Ávila

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