jueves, 22 de noviembre de 2012

SALUDO A MIS FAMILIARES


SALUDO A MIS FAMILIARES

(Fragmento)

Saludo a Guille, a Tercilia
y también a Carmencita.
Hasta aquí no creo que omita
a nadie de la familia. 
También a este rol se afilia
la familia Carrasquera,
que allá en Saloa toda entera
forma un número infinito,
y de todos, mi tío Chito
es quien lleva la bandera.

También en Saloa saludo
a mi padrino Molina;
asimismo, a mi madrina
Carmen Ana no la eludo…
Prosigue mi ingenio agudo
saludando sin parar:
Ahora voy a saludar
–pues mi musa no la aparta—
a mi otra madrina, Marta,
allá en Las Vegas, Cesar.

Lácides Martínez Ávila

AL LADO DE MIS PAISANOS


AL LADO DE MIS PAISANOS

Me encuentro muy complacido
al lado mis paisanos,
que para mí son hermanos
de los que nunca me olvido.
Hoy que nos hemos reunido,
rebosantes de entusiasmo,
con franqueza y sin sarcasmo
un aplauso pedir quiero
para un amigo sincero,
el buen Cervantes Erasmo.

Lácides Martínez Ávila

SALUDO A LOS CASTILLEJO


SALUDO A LOS CASTILLEJO

En la región de Guillín,
que de recordar no dejo,
saludo a los Castillejo,
que conforman un sinfín.
Mi tío Ñañe, en su pollín…
A mis tíos Domingo y Chico
un saludo les dedico
aquí en “Quiero Amanecé”;
también saludo a José
en el verso que fabrico.

Saludo en esta mañana,
estando recién despierto,
a mi tía Geña, a Norberto
y también a Carmen Ana.
Y quiero, en esa sabana
de suelo fértil y augusto,
saludar a mi tío Justo
y lo mismo a mi tío Nacho…
A mi tío Benito, Lacho
le envía un saludo con gusto.

Lácides Martínez Ávila

AYER A PESCAR SALÍ


AYER A PESCAR SALÍ

Ayer a pescar salí
sin patrón ni compañero,
y en medio de un aguacero
bastantes peces cogí.

La ciénaga de Totó,
de sus aguas tan azules,
me dio noventa barbules
y ochenta arencas me dio.
Treinta y bagres cogí yo
y seis burras, otrosí;
contentísimo volví
ya por la tarde a Saloa...
Solito, yo en mi canoa,
ayer a pescar salí.

Asimismo capturé
cuatrocientos bocachicos;
boté los más chiquiticos
y los grandes conservé.
Sin carnada, me jalé,
con un anzuelo bagrero,
un sábalo cienaguero
que me quiso hasta tumbar,
ayer que me fui pescar
sin patrón ni compañero.

Cogí cincuenta doradas
y sesenta comelones,
veinte moncholos muelones
y diez doncellas preñadas.
También fueron atrapadas
por mi atarraya de cuero
cien cachacas y un rimero
de mojarras y blanquillos…
Cogí muchos pececillos
en medio de un aguacero.

Yo destilaba alegría
y dicha hasta por los poros,
pues setenta coroncoros
pesqué en la atarraya mía.
Y, cuando ya atardecía,
también pesqué un manatí;
entonces me dirigí
al puerto de Guamalito,
feliz porque yo solito
bastantes peces cogí.

Lácides Martínez Ávila

REMEMBRANZAS DE MI INFANCIA


REMEMBRANZAS DE MI INFANCIA

Con perfecta nitidez,
en mi memoria lozana,
reproduzco la lejana
etapa de mi niñez.
Quisiera ser otra vez
un niño de siete años,
para salir por los caños
armado de una cauchera,
aunque después recibiera
de mis padres sus regaños.

Con los demás muchachitos,
salía yo por los potreros,
bien a tumbar avisperos,
bien a cazar pajaritos.
Tumbábamos caballitos
con ramas para jugar,
no nos causaba pesar
coger nidos de abuelitas,
y a las pobres pollinitas
las hacíamos rebuznar.

A anzuelear a Rabicano
nos íbamos en cuadrilla;
la alborozada pandilla
partía desde muy temprano.
Salíamos en el verano
–lo recuerdo en mi minerva--
a quemar la seca hierba
de baldíos y de cercados.
¡Esos tiempos ya pasados,
mi memoria los conserva!

Andábamos por las cejas,
entre bullas y jaranas,
y también por las sabanas
pobladas de peralejas.
De aquellas épocas lejas
hace ya muchos semestres...
Cuando en vestidos campestres
salíamos a cortar leña,
nos íbamos a La Peña
a coger piñas silvestres.

Fingiendo en casa otro fin,
marchábamos en montón
a nadar en El Rumbón
o a jugar bola en Guillín.
Reproduzco en mi magín
que, con toscos aparejos,
unidos íbamos lejos
a recolectar con ganas
pasitas en las sabanas
o mango en Los Planes Viejos.

Cienagueta se llamaba
aquel cuasi caserío.
Allí mi vida de crío
felizmente yo pasaba.
Mas, como todo se acaba,
se acabó mi vaga infancia
y se esfumó en la distancia
del tiempo, que nunca es lerdo,
quedando sólo el recuerdo
de aquella infantil vagancia.

Lácides Martínez Ávila

A LA COLONIA SALOERA RESIDENTE EN CURUMANÍ


A LA COLONIA SALOERA RESIDENTE EN CURUMANÍ

Voy a saludar aquí
en mis versos mañaneros
a un grupo de saloeros
que vive en Curumaní.
Es un placer para mí
saludar a esos paisanos
que aunque de mí están lejanos
jamás los podré olvidar.
Les agradezco escuchar
mis versos que no son vanos.

Me encuentro de dicha lleno
y ningún pesar me agobia
al saludar a mi novia
Cipriana López Moreno.
A ese angelito tan bueno
dedico esta estrofa entera.
¡Cuán feliz yo me sintiera
si me encontrara a su lado
extasiándome, arrobado,
en su belleza hechicera!

A la señora Crispina
yo la recuerdo a menudo;
también le envío mi saludo
a la comadre Martina.
La lista aquí no termina,
está empezando tan sólo:
no piensen que es protocolo
porque siempre soy sincero.
También saludar hoy quiero
con afecto al señor Polo.

A Adelmo y a su mujer,
que Ruby es cómo se llama,
mi saludo en el programa
extensivo quiero hacer.
A Alberto, a Jorge, a Javier
también saludar me agrada,
y, en esta linda alborada,
de mi lista no separo
a Géiner, Yadi y Amparo,
ni a Yajaira, que es mi ahijada.

Meche, Rosalba y Raquel
a olvidar no se me iban;
también saludos reciban
Juan Carlos, Camo y Mabel.
Sigue Lácides Manuel
saludando con afán:
Silvia, Emilda, Húguer, Julián,
Yolieth, Liliana y Rocío…;
para todo ese gentío
también mis saludos van.

En este alboreo que arroba
con su hermosura temprana,
saludo a Flocha, mi hermana,
a Gicho, a Freddy y a Giova.
Sigue este bardo que trova
con cadencia y melodía,
saludando en este día
a su paisana colonia.
Saludo a mi tía Gorgonia
también en esta poesía.

Yo aprecio a toda esa gente,
porque ella me aprecia a mí.
Si voy a Curumaní,
me atiende divinamente.
Extiendo gustosamente
mi salutación sincera
a Desideria Rivera,
quien nunca de mí se olvida,
y a mi abuelita querida,
Petronila Carrasquera.

Lácides Martínez Ávila

RECUERDOS SIN PARES


RECUERDOS SIN PARES

Yo llevo dentro de mí
bellos recuerdos sin pares
de los primeros lugares
que en mi vida conocí.
Me acuerdo de Zapatí,
Las Mercedes, Guayabal,
Soledad, Peralejal,
El Toronto y La Quietud;
también, con exactitud,
de Las Vegas y Guamal.

Me acuerdo de Totumito,
de Guillín y Cienagueta;
me acuerdo en forma completa
de El Mango, lugar bonito.
Cabeceras no lo omito,
tampoco por alto paso
ni a Moján ni a Ultimocaso,
pues toda esa tierra es grata;
me acuerdo bien de La Mata,
donde la totuma es vaso.

Los Serenos, Sitionuevo,
Aguasfrías y Pempenal,
El Trébol y Pajonal,
en mis recuerdos llevo.
Los caños de Mojahuevo,
de Guamal y Quiebradientes,
de la Peña y sus afluentes,
Porlopronto y Rabicano…
Aunque me encuentro lejano,
recuerdo esas lindas fuentes.

Lácides Martínez Ávila

POR CAUSA DE UNA GALLINA


POR CAUSA DE UNA GALLINA

Por causa de una gallina,
varias personas relatan,
un día se vio si se matan
Feliciano y Valentina.

Refiero en esta poesía,
el caso de un tropelín
que allá en Mata de Guillín
tuvo lugar cierto día.
En esa la tierra mía,
do la fauna predomina,
un hombre con su vecina
se hicieron muchos ultrajes:
pelearon como salvajes
por causa de una gallina.

Aunque, según me han contado,
era Feliciano el dueño,
Valentina, con empeño,
quitársela había pensado.
A mí nunca me ha gustado
que dos paisanos debatan
--mucho menos que combatan--
sin una razón debida…
Casi se quitan la vida,
varias personas relatan.

A diario y en sucesión,
hubo allí cine del bueno
con Feliciano Moreno
y Valentina Pontón.
En el primer encontrón
casi casi que se empatan,
y como perros que tratan
de comerse el mismo hueso,
sin miedo, sin retroceso,
un día se vio si se matan.

Tras luchas fenomenales
por las calles de Guillín,
ganó Feliciano al fin
el pleito por vías legales.
Quedaron siendo rivales,
pero con más disciplina,
pues fueron a la Oficina
para arreglar el asunto,
al cual le pusieron punto
Feliciano y Valentina.

Lácides Martínez Ávila

DON FERNANDO Y VALENTINA


DON FERNANDO Y VALENTINA

A don Fernando Rivera,
hombre de buen proceder,
lo abandonó su mujer,
Valentina Carrasquera.
Ella fue su compañera
y le fue sin duda fiel,
pero se volvió cruel
con el hombre de repente
y, complaciendo a la gente,
procedió a dejarse de él.

La gente, de envidia llena,
le daba el mismo consejo:
le decían que él era viejo,
que si no le daba pena.
Y ella, como una nena,
se dejó llevar por eso;
fue influenciada en exceso
por lo que el mundo decía…
Si se arrepiente algún día,
será tarde su regreso.

La gente envidiosa alaba
el que un hogar se disuelva;
a mí me cuentan que Elba,
su mamá, la aconsejaba.
Valentina, así, tomaba
influjo malsano y fuerte;
quejándose de su suerte,
poco a poco fue cambiando…
Hoy en día el señor Fernando
prefiere mejor la muerte.

        Lácides Martínez Ávila

A LOS BARDOS DE MI TIERRA


A LOS BARDOS DE MI TIERRA

En mi tierra saloera
nacieron poetas grandes,
entre ellos Cucho Hernández
y el gran Fernando Rivera.
Allí nació una lumbrera,
a quien todos admiramos;
se trata de Félix Ramos,
hombre genial en poesía;
y de Juan Pablo García,
¡caramba! ¡ni qué digamos!

Nació allí un poeta bueno,
que merece gran renombre;
les voy a decir su nombre:
ése es Jacinto Moreno.
También emergió en el seno
de aquellos lindos lugares
mi tío Luis Carlos Linares,
a quien de admirar no dejo,
y Vicente Castillejo,
famoso por sus cantares.

También Eliseo Montero
era un bardo de talento;
su lúcido entendimiento
brillaba más que un lucero.
Otro genio saloero
de grandeza intelectual
era Julia Carvajal,
que en paz del Señor descanse,
poetisa de gran alcance,
como no he visto otra igual.

Lácides Martínez Ávila

RAÚL Y VALENTINA


RAÚL Y VALENTINA


Allá en mi natal región
pasaron cosas muy reales
entre Raúl Vanestrales
y Valentina Pontón.
Ellos, en cierta ocasión,
que a la postre fue fatal,
pernoctaron al igual
bajo la misma cobija
y procrearon una hija,
hija extramatrimonial.

Cuando ese inocente embrión
creció por ley de este mundo,
Raúl se negó, rotundo,
a ver por su obligación.
Y Valentina Pontón,
que es mujer de armas tomar,
se botó a Valledupar
y expuso lo que pasaba,
para obligarlo a la brava
o a como diera lugar.

Valentina, muy sutil,
explicó a su modo el caso,
y siete mil del totazo
le arrancó, y después dos mil.
Con su astucia mujeril,
se está tomando venganza:
a Raúl quitarle alcanza
gran suma todos los meses;
le ha costado varias reses
al pobre Raúl la chanza.

       Lácides Martínez Ávila